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En esta actualización ponemos a disposición de todos, gracias a la desinteresada y anónima colaboración de un lector (que Dios le bendiga), cuatro nuevos documentos sobre la existencia del INFIERNO: de Leon XIII, de San Juan Bosco, de Sor Josefa Menedez y de Santa Faustina Kowalska.

Una de las mayores armas que utiliza Satanás y el resto de espíritus malignos es el de convencernos que no existen y que tampoco existe su  morada: el INFIERNO.

En esta página de las almas del purgatorio es importante que la gente sepa cual es la otra alternativa real al purgatorio.

Si quiere evitar pertenecer a la siniestra "cofradia" de los condenados practique la Hora Santa:

CATALINA Joven Oficial Mala Confesión Desgraciada Viuda  
Leon XIII San Juan BOSCO Santa FAUSTINA Sor Josefa San Bruno

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  Leon XIII  

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¿Qué vio León XIII? "Vi demonios y oí sus crujidos, sus blasfemias, sus burlas. Oí la espeluznante voz de Satanás desafiando a Dios, diciendo que el podía destruir la Iglesia y llevar todo el mundo al infierno si se le daba suficiente tiempo y poder. Satanás pidió permiso a Dios de tener 100 años para poder influenciar al mundo como nunca antes había podido hacerlo."

San Juan Bosco

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Les hablé de un sapo espantoso que en la noche del 17 de abril amenazaba tragarme y cómo al desaparecer, una voz me dijo: — ¿Por qué no hablas? —Yo me volví hacia el lugar de donde había partido la voz y vi junto mi lecho a un personaje distinguido. Como hubiese entendido el motivo de aquel reproche, le pregunté: — ¿Qué debo decir a nuestros jóvenes?

Sor Josefa Menendez

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En este Libro se explica el empeño de Jesús en salvar nuestras almas por el encuentro con Su amor antes de "la aproximación de los últimos días del mundo". En la vida de Sor Josefa tuvo lugar un fenómeno muy raro en la vida de los santos: conocer en carne propia los sufrimientos del infierno. Dios permitió al diablo que la bajase hasta el infierno. Allá, pasa largas horas, algunas veces una noche entera, en una indescriptible agonía. A pesar de que fue llevada al infierno más de un centenar de veces, a ella le parece que cada vez es la primera, y cada una le semeja tan larga como una eternidad. Soporta todas las torturas del infierno, con una sola excepción: el odio a Dios. No fue el menor de estos tormentos oír las estériles confesiones de los condenados, sus gritos de odio, de dolor y de desesperación.

Santa Faustina Kowalska

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Hoy, fui llevada por un ángel a las profundidades del infierno. Es un lugar de gran tortura; ¡qué imponentemente grande y extenso es! Los tipos de torturas que vi: la primera que constituye el infierno es la pérdida de Dios; la segunda es el eterno remordimiento de conciencia; la tercera es que la condición de uno nunca cambiará; la cuarta es el fuego que penetra el alma sin destruirla; es un sufrimiento terrible, ya que es un fuego completamente espiritual, encendido por el enojo de Dios; la quinta tortura es la continua oscuridad y un terrible olor sofocante y, a pesar de la oscuridad, los demonios y las almas de los condenados se ven unos a otros y ven todo el mal, el propio y el del resto; la sexta tortura es la compañía constante de Satanás; la séptima es la horrible desesperación, el odio de Dios, las palabras viles, maldiciones y blasfemias.

Catalina

También cuenta la historia que San Francisco de Girolamo, célebre misionero de la compañía de Jesús, a principios del siglo XVIII, había estado a cargo de dirigir las misiones en el reino de Nápoles. Un día en el que predicaba en la plaza de dicha ciudad, algunas mujeres de mala vida que había reunido una de ellas llamada Catalina, se esforzaba por interrumpir el sermón de San Francisco de Girolamo, con sus cantos y sus ruidosas exclamaciones para obligar al cura a retirarse. Pero este continúo su discurso sin dar a conocer que advirtiese sus insolencias, algún tiempo después volvió a predicar en la misma plaza, viendo cerrada la puerta de la habitación de Catalina y un profundo silencio, toda la casa, casa de mala vida, que ordinariamente estaba muy alborotada. El santo dijo, “¿Qué le ha sucedido a esa mujer?”. “No lo sabe usted, la desdichada murió ayer, sin poder pronunciar palabra”. “¿Cómo?” replica el santo. “Catalina ha muerto, a fallecido repentinamente, entremos y veamos”. Abrece la puerta sube la escalera, seguido por una multitud, en la sala que estaba tendido en tierra, el cadáver encima de un paño con cuatro cirios según la costumbre del pueblo Napolitano. Mírale un tiempo con espanto y después le dice con voz solemne. “Catalina donde estas ahora” El cadáver permanecía mudo. Entonces el santo repitió. “Catalina donde estas ahora, te mando me digas donde estas” Entonces con gran pasmo de todo el mundo, abrieronse los ojos del cadáver, sus labios se agitaron convulsivamente, y con voz cavernosa y profunda responde. “En el infierno, estoy en el infierno”. A estas palabras los asistentes huyen aterrorizados, y baja con ellos el santo repitiendo. “En el infierno, ¡oh Dios! En el infierno lo habéis oído, en el infierno” La impresión de este prodigio fue tan viva, que un buen número de los que la presenciaron, no se atrevieron haber vuelto a sus casas sin haberse confesado antes.

Conclusión y suplicas: Recordemos en aquel hermoso pasaje del libro de la Sabiduría, en que tan admirablemente pinta la desesperación de los condenados añade, he aquí lo que dicen en el infierno, aquellos que han pecado pues la esperanza del impío se desvanece como el humo que el viento se lleva. En otro de los libros llamado Eclesiástico Salomón dice también, la multitud de los pecadores es como un manojo de estopas y su último fin es la llama de fuego, tales son los infiernos, las tinieblas y las penas. Jesús, Verdad Eterna, Te suplico e imploro Tu misericordia para los pobres pecadores. Oh Sacratísimo Corazón, Fuente de Misericordia de donde brotan rayos de gracias inconcebibles sobre toda la raza humana. Te pido luz para los pobres pecadores. Cuando agonizabas en la cruz, no pensaste en Tí, sino en los pobres pecadores y rogabas al Padre por ellos. Quiero que también mis últimos momentos sean completamente semejantes a los Tuyos en la cruz. Hay un solo precio con el cual se compran las almas, y éste es el sufrimiento unido a Tu sufrimiento en la cruz.

EL JOVEN OFICIAL

“Era el año 1837, dos jóvenes recién salidos del liceo militar, habiendo entrado a la Iglesia de la Asunción, miraban los cuadros. Cerca de un confesionario, vio uno de ellos, a un sacerdote que oraba frente al Santísimo Sacramento. -Mira a ese cura “decía su camarada” parece que está esperando a alguien. -Tal vez a ti “responde el otro riendo” -A mí, para que. ¿Para confesarme? Pues bien que quieres apostar, voy a hacerlo. -¿Tu ir a confesarte? Vamos…. Echáronse a reír encogiéndose de hombros. -¿Quieres apostar? “Respondió el joven oficial” apostemos una buena comida y una botella de champagne. - Va la comida y la botella. Te desafío que no eres capaz de meterte en la caja. El joven fue al confesionario y hecha sobre su camarada una mirada de triunfo y se arrodilla como para confesarse. El compañero se sienta para ver lo que iba a pasar. Aguarda 5 minutos, 10, 20. ¿Qué es lo que está haciendo? se preguntaba con curiosidad algún tanto impaciente. Que puede decir durante tanto tiempo. Por fin abriose el confesionario y sale el oficial colorado como un gallo, acomodándose el bigote con aire aturdido, y haciéndole señas que lo siguiese para salir de la Iglesia. -Sabes que has permanecido más de 30 minutos con el cura. A fe mía he creído en un momento que te confesabas de verdad. Has ganado la apuesta, ¿quieres que sea esta tarde la comida? -No” respondió con mal humor el otro” hoy no, veremos otro día. Y estrechando la mano de su compañero se alejo bruscamente. Que habrá pasado entre el subteniente y el confesor. Helo aquí. Apenas el confesor había abierto la ventanilla del confesionario, cuando por el alemán del joven comprendió, que se trataba de una broma. Este había llevado su imprudencia, hasta decir que la religión, la confesión, me burlo de ellas .El sacerdote era un hombre de corazón. -Mirad querido caballero” lo interrumpe con dulzura” veo que lo que haces no está muy bien. Dejemos a un lado la confesión y charlemos un poco. Yo aprecio mucho a los militares y por otra parte me parecéis un joven bueno y amable. ¿Cual es vuestro grado? El oficial comenzó a comprender que había hecho una tontería. -No soy más que subteniente. Acabo de salir del colegio militar. -¿Subteniente y continuareis muchos años de subteniente? -No lo sé, 2, 3 o 5 años tal vez. -¿Y después? -Pasare a teniente. -hummm… ¿y después? -Después seré capitán. Se continúa siendo capitán muy largo tiempo, más tarde se asciende a comandante, y luego a teniente coronel, y a coronel. -Y después de esto. “replico el sacerdote” -Bueno después seguiré ascendiendo hasta llegar a tener el bastón militar. Pero no tengo tantas aspiraciones padre. -Helo aquí, algún día casado, capitán y quién sabe si mariscal. ¿Y después caballero? -Como después….no sé qué va a suceder después. -Sabéis lo que va a ocurrir después “dice el sacerdote” pues bien yo sé, y voy a deciros. Después caballero moriréis. Después de vuestra muerte compareceréis delante de Dios y seréis juzgado. Y si continuáis haciendo lo que habéis hecho, seréis condenado. Hiráis al fuego eterno del infierno, he aquí lo que te pasara después. Y el joven atolondrado disgustado por ese final, quiso levantarse. -Un instante caballero. Tengo que deciros unas palabras. Sois hombre de honor y yo también lo soy, acabas de faltarme grandemente al honor, me debéis una reparación. La pido y exijo en el nombre del honor, vas a darme la palabra que durante ocho días a la noche antes de acostaros os arrodillareis y diréis en voz alta (un día moriré pero me rio, después de mi muerte seré juzgado pero me rio, después de juzgado seré condenado, pero me rio, iré al fuego eterno del infierno pero me rio). Nada más que esto. ¿Vas a darme tu palabra de honor que durante ocho días lo vas a hacer? Cada vez más fatigado y queriendo salir de aquel mal paso, el subteniente lo había prometido todo y el sacerdote lo despidió con dulzura. El joven oficial por la noche vacilo un poco pero había empeñado su palabra y repetía, moriré, seré juzgado, y tal vez me vaya al infierno…Pero no tubo valor para añadir… pero me rio. Pasaron así algunos días, su penitencia le venía sin cesar a su memoria, parecía que resonaba en sus oídos. No había transcurrido la semana cuando volvía, pero esta vez solo sin el amigote, a la Iglesia. Se confeso de verdad y salió del confesionario con el rostro bañado en lagrimas, con una gran alegría en el corazón. Se me ha asegurado después que ha sido un digno y fervoroso cristiano.

Conclusión y suplicas: Querido amigo, el pensamiento serio del infierno había obrado con la gracia de Dios, la transformación. Pues bien, lo que ha hecho en el espíritu de este joven oficial, porque no habría de hacerlo en el tuyo. Es menester pues reflexionarlo bien de una vez, es esta nuestra cuestión personal y profundamente temible, debes confesarlo, se presenta delante de cada uno de nosotros y de buen o mal grado y exige una solución positiva. Oh pobre de mí, cuantas veces hicimos una confesión sacrílega, por no estar verdaderamente arrepentidos, o por callar pecados mortales. ¡Oh pobres pecadores, que se burlan de tan gran beneficio ¿Cómo se encontrarán en el día del juicio, con este Jesús a quien ahora están torturando tanto? Mientras lo azotaban, su Sangre fluyó sobre el suelo y en algunos puntos la carne empezó a separarse. Y en la espalda había algunos de sus huesos descarnados… Así sufrió Jesús, sin maldecir a nadie. ¿Que más tiene q hacer por nosotros para demostrarnos que nos ama? Tengamos siempre presente, las palabras de este príncipe de los apóstoles, San Pablo: “Trabajad con temblor y temor por vuestra salvación” (Fil, 2,12). Libradme Salvador mío de esa gran desdicha de apartarme de vos y haced de mi los que os agrade, merecedor soy de todo castigo y gustoso lo acepto con tal que no me privéis de vuestro amor. Oh María Santísima, amparo y refugio mío, cuantas veces me he condenado yo mismo al infierno, y vos me habéis librado de él, libradme desde ahora de todo pecado, causa única que me puede arrebatar la gracia de Dios y arrojarme al infierno.

SAN BRUNO

En la vida de San Bruno, fundador de los cartujos, se encuentra un hecho estudiado muy a fondo, por los doctísimos bolandistas, y que presenta ala critica más formal, todos los caracteres históricos, de la autenticidad. Un hecho acontecido en Paris, en pleno día, en presencia de muchos miles de testigos, cuyos detalles han sido recogidos por sus contemporáneos y que ha dado origen a una gran orden religiosa. Acababa de fallecer un célebre doctor de la universidad de Paris, llamado Reimond Diocre, dejando universal admiración entre todos sus alumnos, corría el año 1082, uno de los más sabios doctores de esos tiempos conocido por todo Europa por su ciencia, su talento y sus virtudes, llamado Bruno, hallábase en Paris con cuatro compañeros, y se hizo un deber asistir a las exequias del ilustre difunto. El cuerpo se había depositado en la gran sala de la cancillería cerca de la Iglesia de Nuestra Señora y una inmensa multitud rodeaba respetuosamente la cama, en la que costumbre de aquella época estaba cubierto el difunto con un simple velo. En el momento en que se leía una de las lecciones del oficio de difuntos, que dice así, “respóndeme cuan grandes y numerosas son tus iniquidades” la cuarta lectura de maitines de la misa de difuntos. Sale de debajo del fúnebre velo, una voz sepulcral y todos los concurrentes, escuchan claramente estas palabras. -“Por justo juicio de Dios he sido acusado”. Acuden inmediatamente, levantan el paño mortuorio, y el pobre difunto estaba allí inmóvil, helado, completamente muerto. Continuose la ceremonia por un momento interrumpida, hallándose aterrorizados y llenos de temor todos los concurrentes, se vuelve a comenzar el oficio, y se llega de nuevo a la referida lección, “respóndeme” y a plena vista de todos, el muerto se levanta y con robusta y acentuada voz dice: -“Por justo juicio de Dios he sido juzgado”. Y vuelve a caer. El terror del auditorio llega hacia su colmo, dos médicos justifican nuevamente su muerte. El cadáver sigue rígido, frio, no se tuvo ya valor para continuar y se aplazo el oficio, hasta el día siguiente. Las autoridades eclesiásticas no sabían que resolver, unos decían, “es un condenado es indigno de las oraciones de la Iglesia”, otros decían “no, todo esto en duda es espantoso, pero en fin, no seremos todos acusados, primero y después juzgados por justo juicio de Dios como dijo el muerto”. El obispo fue de este parecer. Y al día siguiente, a la misma hora volvía a comenzar la fúnebre ceremonia hallándose presente como en la víspera Bruno y sus compañeros. Toda la universidad, todo Paris, había acudido a la Iglesia de nuestra Señor, vuelve pues a comenzar el oficio, a la misma lección respóndeme. El cuerpo del doctor Raimond se levanta de su asiento y con un acento indescriptible que hiela de espanto a todos los concurrentes exclama: “por justo juicio de Dios, he sido condenado” y volvió a caer inmóvil. Esta vez no quedaba duda alguna, el terrible prodigio justificado hasta la evidencia no admitía replica, por orden obispo y previa sesión, se despojo al cadáver de las insignias de sus dignidades y fue llevado al sitio donde se vacían el estiércol o la basura. Al salir de la gran sala de la cancillería, Bruno, San Bruno, que contaría entonces con cuarenta y cinco años de edad, se decidió irrevocablemente a dejar el mundo. Y se fue con sus compañeros a buscar en las soledades de la gran cartuja, un retiro donde pudiese asegurar su salvación, y preparase así despacio para los justos juicios de Dios.

Conclusión y suplicas: Verdaderamente he aquí un condenado que volvió del infierno, no para salir de él, sino para dar de él un irrecusable testimonio. ¡Oh Dios mío! Si yo hubiera muerto en aquella ocasión, ¿dónde estaría ahora? Te doy gracias por haberme esperado y por todo ese tiempo en que debiera haberme hallado en el infierno, desde aquel instante en que te ofendí. Dame luz y conocimiento del gran mal que hice al perder voluntariamente tu gracia... Perdóname, Jesús mío, que yo me arrepiento de todo corazón y sobre todos los males de haber menospreciado tu bondad infinita. Espero que me hayas perdonado... Ayúdame, Salvador mío, para que no vuelva a perderte jamás... ¡Ah Señor! Si volviese a ofenderte después de haber recibido de Vos tantas luces y gracias, ¿no sería digno de un infierno sólo creado para mí?... ¡No lo permitas, por los merecimientos de la Sangre que por mí derramaste! Dame la santa perseverancia; dame tu amor... Te amo, y no quiero dejar de amarte jamás. Ten, Dios mío, misericordia de mí, por el amor de Jesucristo tu amado hijo.

JOVEN CONDENADO POR CALLAR UN PECADO MORTAL EN LA CONFESIÓN

Este joven, se avergonzaba del pecado que había cometido y no lo confeso, había diferido de semana en semana, de mes en mes la confesión de sus sacrilegios continuando sus confesiones y comuniones, por un mísero respeto humano. Atormentado por los remordimientos procuraba acallarlos, haciendo grandes penitencias. De suerte que era tenido por todos por un gran santo, no pudiendo sufrir as entro a un monasterio, “aquí al menos” decíase para sí mismo “lo diré todo y expiare seriamente mis vergonzosos pecados”. Para su desgracia fue acogido como un santo, por los superiores, que conocían su reputación y aumentóse aun más son esto su vergüenza. Aplazo para más adelante sus confesiones, redoblo sus penitencias y pasáronse en este deplorable estado uno, dos y tres años. No se animo nunca a revelar, el horrible y vergonzoso peso que lo agobiaba. Al fin parecía que una mortal enfermedad le facilitaba el medio para hacerlo, decía para sus adentros, “ahora voy hacer antes de morir una confesión general”. Pero sobreponiéndose siempre el amor propio a su arrepentimiento, enredo de tal modo la confesión de su culpa que el confesor no pudo comprender nada. Tenía el vago deseo de abordar de nuevo el asunto al día siguiente pero, le sobrevino un exceso de delirio y este hombre murió.

En la comunidad se ignoraba la horrible realidad, diciendo “si este no está en el cielo, quien de nosotros podrá ir” Le conocían sus penitencias, tan terribles y austeras y se hacían tocar con sus manos, cruces, rosarios y medallas. El cuerpo fue trasladado con una especie de veneración a la isla del monasterio y quedo expuesto en el coro de la Iglesia hasta el día siguiente en que habría que celebrarse los funerales.

Algunos mementos fijados antes de la ceremonia, uno de los hermanos enviado a tocar la campana, vio de repente delante de sí y cerca del altar al difunto, rodeado de cadenas que parecían enrojecidas en el fuego, y apareciendo en toda su persona algo como incandescente. Espantado el pobre hermano, había caído de rodillas y fijos los ojos en esta terrible aparición. El condenado díjole entonces: “No roguéis por mí, pues estoy en el infierno para toda la eternidad” Entonces el condenado conto, la lamentable verdad de su funesta vergüenza y de sus sacrilegios posteriores. Después de lo cual desapareció, dejando en la Iglesia un olor hediondo que se esparció por todo el monasterio, como para atestiguar la verdad, de lo que el hermano acababa de ver y oír. Advertidos luego los superiores, hicieron quitar el cadáver considerándolo indigno de darle sepultura eclesiástica.

Conclusión y suplicas:

¡Cuánto te agradezco, Señor, las luces que me comunicaste!... Ahora siento grandísimo dolor de haberte ofendido, vivo deseo de estar en tu gracia, y profundo aborrecimiento de aquellos malditos placeres que me hicieron perder tu amistad. Y tú, Señor, a pesar de mis muchos pecados, no me abandonaste y deseas mi salvación, me entrego totalmente a Vos, me duelen de todo corazón mis muchos pecados, y propongo querer perder la vida que tu gracia... Y recuerda querido lector, que para cada uno de nosotros Dios ha dispuesto un año en ese año, un mes, en ese mes, un día y ene se día una hora y un minuto donde nos llamara a través de la hermana muerte para juzgarnos, sin misericordia. Que será de tu alma en aquella hora, habrá para ti una eternidad de dichas, inconmensurable cielo para toda la eternidad o la amargura de las llamas que eternamente te abrazaran en el infierno. Recuerda que solo depende de ti.

La Desgraciada Viuda

Dos casos más con mujeres que nos harán conocer la terrible realidad del infierno, mucho más en profundidad. En 1859 refería yo, dice Monseñor de Segur, el hecho anterior a un distinguido sacerdote, este del Conde Orloff, superior de una importante comunidad este distinguido sacerdote. Me decía, es espantoso, pero no me sorprende extraordinariamente los hechos de esta clase son menos raros de lo que se piensa, solo que hay siempre más o menos interés en que queden secretos, ya por el honor del aparecido ya por de su familia. Por mi parte ver que lo que de origen seguro he sabido hace dos o tres años, por un pariente muy cercano de la persona a la que le aconteció.

1) Pidamos a Nuestro Señor Jesucristo, la gracia del arrepentimiento y de la perseverancia. 2) Veamos con los ojos de la imaginación, un lugar ardiendo, donde el olor es sofocante. Ya nada se puede hacer, una vez que se entro a ese lugar no se sale jamás.

Valoremos la gran misericordia que tuvo Jesús, que nos habla el mismo acerca de este lugar, porque él quiere que el pecador se salve.

HECHOS:

En este momento que yo os hablo, era la navidad de 1859 vive aun esa señora que tiene no más de cuarenta años de edad. Hallábase en Londres en el invierno de 1847 a 1848, era viuda de casi veintinueve años, mundana, rica y hermosa. Entre los elegantes que frecuentaban sus salones distinguiase un joven lord, cuyas galanterías la comprometían singularmente y cuya conducta por otra parte no era para nada edificante, una tarde o más bien una noche, estaba nuestra viuda leyendo en su cama no se qué novela, esperando el sueño. Suena a la una en su reloj y apaga su bujía. Iba a dormirse cuando, con gran asombro noto que una luz pálida que parecía salir de la puerta del salón se esparcía poco a poco por su aposento y aumentaba por instantes. Pasmada abrió cuanto pudo los ojos ignorando lo que significaba aquello. Empezaba a asustarse, cuando ve abrirse lentamente la puerta del salón y entrar en su cuarto al joven lord, cómplice de sus desordenes.

Antes que pudiera decirle una sola palabra, estaba ya cerca de ella, la tomaba del brazo izquierdo y con ronca voz, le decía en ingles: “Hay un infierno” El dolor que sintió esta señora en su brazo fue tan grande que se desmayo. Cuando volvió en sí, media hora después llamo a su camarera, la cual cuando entro percibió un fuerte olor a carne quemada y acercándose a su señora que apenas podía hablar viole en la muñeca una quemadura tan profunda que se le veía el hueso y la carne casi consumida. Quemadura que tenia de largo una mano de hombre. Además advirtió que desde la puerta del salón hasta la cama y de esta a la referida puerta, la alfombra tenia impresa las pisadas de un hombre, que habían quemado la tela de parte a parte. Por orden de la dama, abrió la puerta del salón y había también huellas en las alfombras. Al día siguiente la desgraciada señora supo horrorizada que aquella misma noche, hacia la una de la madrugada el lord había sido encontrado embriagado en la mesa, que sus criados lo habían trasladado a su gabinete y que había muerto en sus brazos. “Ignoro”. Me añadió el superior si esta terrible lección a convertido de versas, a la desgraciada. Pero lo que se es que vive todavía y que para ocultar a las miradas la huella de su siniestra quemadura, lleva en el brazo izquierdo a manera de brazalete una larga cinta de oro que no se quita ni de día ni de noche. Repito que me suministro estos detalles un pariente cercano de ella formal cristiano, a cuya palabra doy el más completo crédito.

Conclusión y suplicas:

A pesar del velo con que se ha cubierto y ha debido cubrirse esta aparición, me parece imposible que se ponga en duda su indisputable autenticidad. Ciertamente no será la dama del brazalete, quien necesite que se le pruebe que hay realmente un infierno. Como no sabemos ni el día ni la hora, es necesario, según el consejo del Señor, estar continuamente en vela. Así, terminada la única carrera que es nuestra vida en la tierra, mereceremos entrar con El en la boda y ser contados entre los santos y no nos mandarán ir, como siervos malos y perezosos, al fuego eterno, a las tinieblas exteriores, donde "habrá llanto y rechinar de dientes”.

Dios no predestina a nadie a ir al infierno; para que eso suceda es necesaria una aversión voluntaria a Dios (un pecado mortal), y persistir en él hasta el final. En la liturgia eucarística y en las plegarias diarias de los fieles, la Iglesia implora la misericordia de Dios, que "quiere que nadie perezca, sino que todos lleguen a la conversión".

 

Próximamente publicaremos más, tenemos cerca de 60 historias reales que contar, pero nos hace falta un poquito de tiempo para la "mise en page".

 

 

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Este sitio se actualizó por última vez el 04 de octubre de 2012